Por: Gerardo Ferreira
Artículo tomado: El Boulevard, Martes, 16 de Octubre de 2012

La Biblioteca Nacional, entre otras funciones, conserva y custodia la memoria escrita de nuestra cultura. Cualquier institución que levante una estatua de Sócrates o de Cervantes a sus puertas para recibir a los usuarios, tiene el derecho de hacerlo. Dentro de la biblioteca –aunque gran parte de sus lectores diarios no lo sepa– funciona el Departamento de Investigaciones y Archivo Literario, cuya existencia (si bien bajo otros nombres) se remonta al año 1945.

Rodó a la cabeza

En 1940, el Profesor e investigador Roberto Ibáñez tomó contacto con Julia Rodó, quien puso a su disposición una abultada cantidad de documentos de su hermano, José Enrique Rodó. Ibáñez, al tiempo que comenzó a trabajar sobre el material, sugirió a la heredera la posibilidad de donar esa valiosa colección al Estado. Y así sucedió. En 1944, conforme al testamento de Julia Rodó, la biblioteca recibió unas cuarenta mil piezas documentales del autor de Ariel. Sí, cuarenta mil. El director, por aquel entonces Juan Silva Vila, convocó a Ibáñez para que continuara la clasificación de los papeles. Gracias a este empujón inicial, en 1945 se creó la Comisión de Investigaciones Literarias, cuyo presidente honorario fue el propio Ibáñez. Dicha Comisión se encargaría de organizar la caótica colección Rodó que, según se dice, estaba conservada provisoriamente en bolsas de arpillera, latas, cajas y mazos atados, como todo buen acervo literario.

Debido al buen trabajo efectuado por esta comisión, en 1947 Julieta de la Fuente –viuda de Julio Herrera y Reissig– donó la documentación del poeta, constituida por manuscritos, fotografías y objetos. Con este segundo voto de confianza, Ibáñez visualizó claramente las posibilidades y el potencial de este emprendimiento, y concibió la idea de recibir los documentos de otros escritores nacionales a través de un proyecto mucho más ambicioso: el Instituto Nacional de Investigaciones y Archivo Literario (INIAL), que fue creado finalmente en enero de 1948 a través de la ley 11.032. Pese a estar físicamente dentro de la biblioteca, no pertenecía a ella. Sin embargo, en 1961 el instituto fue intervenido por resolución ministerial para ser evaluado mediante una investigación administrativa. Juan E. Pivel Devoto fue nombrado director y confeccionó un reglamento que establecía el protocolo de acceso a la documentación custodiada. El instituto perdía su autonomía y se preparaba para ser incorporado a la biblioteca. En 1965 la ley 11.032 fue derogada, y las funciones atribuidas al INIAL pasaron a ser cumplidas por el actual Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, que heredó su trabajo, así como las 15 colecciones pertenecientes a autores de la Generación del Novecientos (Julio Herrera y Reissig, Eduardo Acevedo Díaz, Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, Javier de Viana, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, entre otros), que constituían el Archivo Documental. Ibáñez, en desacuerdo, se alejó de su puesto.

Instrucciones para desarchivar

 

El archivo custodia originales, correspondencia, objetos, fotografías y documentos, entre otras cosas, de los escritores uruguayos más importantes. Este material puede consultarse casi en su totalidad por los usuarios, que en su mayoría son investigadores o estudiantes avanzados que ya saben dónde o qué buscar. Sin embargo, para alguien que no tenga idea de dónde está el archivo, llegar hasta su acogedor recinto y gozar de esa ventana al pasado puede resultar tarea engorrosa, y más si no se tiene algo de paciencia, porque hay que sortear algunos obstáculos.

Luego de subir la escalinata principal, que conduce hacia el interior del edificio, es necesario apersonarse ante la recepción y, antes de que nos comuniquen que la biblioteca está de paro o “en asamblea”, debemos decir que queremos ir al Archivo Literario. De esta forma podremos pasar el primer escollo. Una vez adentro, hay que doblar a la derecha de los ficheros de madera y meterse por una puerta que se cierra lentamente sin hacer ruido. Allí el visitante asistirá a un pasillo-galería donde lo miran de reojo personajes como Delmira, Quiroga o Espínola, que están inmortalizados en fotografías en blanco y negro gigantes incrustadas en la pared. Al pasar es casi imposible no detenerse frente a los rostros al menos unos segundos. El pasillo conduce hasta otra escalerita blanca que no ofrece demasiada resistencia y deposita al visitante en un corredor donde hay que repetir la operación de doblar, pero a la izquierda. Se traspasa el primer portal y de frente se ve una puerta titulada: “Archivo Literario”.

Su encargada es la señora Virginia Friedman, cuya mirada seria es lo primero que uno recibe detrás del escritorio. Pero esa seriedad luego del primer intercambio se torna olvido y da paso a una agradable persona con quien conversar y, sobre todo, de quien aprender. Es bachiller, y empezó a trabajar en la biblioteca en 1979, en plena dictadura. En aquel momento, al frente del archivo estaba Mireya Callejas y el director de la biblioteca era Arturo Sergio Visca. “Lo veía poco, porque en general él venía de mañana y otro poco de tarde, y yo de tarde no estaba”, cuenta.

Junto a ella hoy trabajan dos técnicas: Erika Escobar y Mirtha Duarte, mientras que Alicia Fernández Labeque es la Coordinadora del Departamento que, a su vez, depende de la dirección, y por esta razón cada permiso que el usuario necesite con relación al archivo debe solicitarlo mediante carta al director. Hubo que hacer lo propio para conversar con Friedman, para quien este procedimiento es normal y de alguna manera determina la endurance (resistencia, paciencia, estoicismo) del usuario: “Si la persona realmente tiene interés, sigue adelante con cada trámite”. Acá no se viene a jugar.

El flujo de usuarios que llega al archivo siempre fue más o menos igual, según dice Virginia, quien pasó a ser encargada a partir de 1999, cuando se jubiló Callejas. En total, son más de 30 años en la institución. “Organizamos el trabajo de acuerdo a lo que se va archivando, clasificamos las series y las guardamos”, porque el archivo no trabaja sobre el material: lo presta. Quien sí organiza las actividades de extensión y publicación es el Departamento de Investigaciones.

Cualquier persona o institución puede donar material y libros, pero no se aceptan donaciones que no tengan que ver con lo específicamente “literario”. Los libros en particular, salvo que vengan dentro de una colección (por ejemplo, la biblioteca personal de un autor) se donan a otra sección. De todas formas, “si [los materiales] no existen en el archivo, los aceptamos”. No toda la gente dona el material de la misma forma. “Hay quienes hacen el inventario detallado de lo que van a donar y ahí se hace el acta”. O, a veces, “las personas no tienen la menor idea de lo que tiene el familiar y lo mandan, [entonces] se hace un inventario y se le da una copia al que donó y la otra queda en la biblioteca”. Puede pasar un período incierto entre una donación y otra pero en general llegan seguido, asegura Virginia. La más grande que entró recientemente fue la de José Pedro Díaz, que llegó por tandas entre fines de 2009 y principios de 2010, y luego de 2010 se incorporó la de su compañera, la poeta Amanda Berenguer. A principio de 2012 también se incorporó la de María Esther Gilio.

Pese a todo, al archivo le falta marketing. “Ahora la gente [nos] conoce más. Antes venían los extranjeros que ya sabían, pero había gente de acá que decía ‘ah, yo no sabía que esto estaba funcionando’. Ahora no pasa eso”. Igual, uno no se entera de lo que puede consultar sobre cada autor hasta que entra al lugar. Lo más cercano en cuanto a difusión es la nómina que puede encontrarse en los ficheros del departamento o en la web de la biblioteca (bibna.gub.uy). Allí se puede acceder al listado de colecciones y misceláneas elaborado por Friedman y actualizado hasta  2011 en colaboración con la archivóloga Mirtha Duarte, pero es insuficiente. Según nos comenta Friedman, se está intentando hacer una base de datos de las 128 colecciones con las que cuenta hoy el archivo, para poder subirlas y que estén disponibles para la consulta online, pero “eso lleva mucho tiempo, porque son muchos los datos que hay que llenar y no se va a hacer de un día para el otro”. Otro problema es que hay colecciones que pueden no estar procesadas completamente, como por ejemplo la de Ángel Falco, que si bien fue inventariada, está siendo clasificada en estos momentos por la investigadora Deborah Rostán, aunque su trabajo no es para la Biblioteca Nacional.


 

Cuidado especial

Por un lado, hay que pedir autorización a familiares para poder ver textos inéditos y cartas, mientras esos materiales “no pasen los cincuenta años, que es lo que demoran los derechos en llegar a manos del Estado”. Por otro lado, hay materiales que llegan con indicaciones especiales. A veces los donantes agregan alguna cláusula donde dice: “Esto se puede prestar ahora, o no se puede prestar, o se presta luego de que pase tanto tiempo”. Por ejemplo, Julieta de la Fuente determinó eso. Si bien había entregado ya las cartas a Ibáñez, no podían leerse hasta después de que ella falleciera. Los hijos de Jesualdo Sosa, con motivo de una exposición en 2005, también determinaron la apertura de cartas que hasta ese momento permanecían con un sello de 20 años para poder leerse, según comentó la encargada del archivo. “Hay que respetar. Ni siquiera los investigadores de acá [la biblioteca] pueden tocar o trabajar con ese material.”

Para el investigador que va al archivo se ofrece una atención personalizada, pero solo se habilita la transcripción como forma de reproducción. No se pueden utilizar cámaras o hacer fotocopias.

Se puede pedir que digitalicen el material que se precisa (scan o fotografía), en cuyo caso se recibe un CD que se debe abonar junto con las reproducciones pedidas. En los documentos, el daño producido por la luz es acumulativo: “el usuario no puede hacer reproducciones por cuenta propia”, dice Virginia y frunce el ceño. En ese sentido el archivo es inflexible con respecto a otros sitios de consulta documental donde sí se deja tomar fotografías sin flash. “Bueno”, dice con su tono cordial y casi riendo, “pero acá no”.

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