Afortunadamente en las últimas ediciones de la diaria se ha suscitado un pequeño intercambio de ideas acerca del rol de las humanidades en la educación y también de su relación con la ciencia y la tecnología, en particular con la técnica. Algunas certezas surgen con relativa rapidez una vez observado el intercambio, y probablemente la más importante es que es prácticamente indefendible pensar a las humanidades por un lado y la ciencia y la tecnología por otro como conceptos dicotómicos, sino que se tiende a concebirlos como complementarios dentro de los objetivos que debería tener el sistema educativo del país. Sin embargo, estas certezas tienden a volverse más opacas cuando se observa el sistema de creencias predominante en las sociedades contemporáneas en general, y en la nuestra en particular, y es eso lo que justifica una defensa de las humanidades. 1

En las sociedades contemporáneas, debido al éxito de la técnica para solucionar problemas que afectan la calidad de vida de las personas y expandir nuestra libertad real, existe algo que puede denominarse como sentido común positivista. Esto consiste en tomar el criterio de la intervención exitosa en el mundo, es decir, la eficacia característica de toda técnica como canon para ordenar la relevancia que tienen los conocimientos para la sociedad. Por supuesto que esto no es el resultado de un proceso profundamente reflexivo en el que se aclaren las diferencias de status y alcance de los conceptos en juego, sino simplemente de un sentido común compartido y poco reflexivo que opera de trasfondo de la mayoría de las evaluaciones que hacemos los ciudadanos en general.

La primera consecuencia que tiene esta jerarquización es que todo el conocimiento que se aleje del criterio de la eficacia de la intervención técnica tiende a ser considerado como poco sólido, pobremente articulado o débil en términos de racionalidad, y por ello probablemente se convierta hasta en un obstáculo para alcanzar el conocimiento que cumple con el canon. Las humanidades para este sentido común serían de este último tipo de conocimiento, ya que no son claramente traducibles en intervenciones en el mundo equiparables con el criterio que impone la técnica. Es decir, el desarrollo de una técnica que abarata y mejora la eficiencia térmica en las construcciones no es equiparable en términos de eficacia al conocimiento que la población tenga de la historia reciente, por poner un par de ejemplos.

La segunda consecuencia es que la razón técnica no tiene cómo justificar racionalmente fines, y por lo tanto esos fines tienen que apelar a otro tipo de criterio para la toma de decisiones. El contar con la adecuada capacidad para intervenir en el mundo y transformarlo nada nos dice acerca de qué fin debería orientar esa intervención. ¿Qué significó la posibilidad de llevar a cabo una amniocentesis? ¿Para qué sirve? ¿Para simplemente conocer las características del niño por nacer, o para practicarse un aborto en el caso de detectarse una anomalía? La técnica es ciega y muda; nada nos dice al respecto. La expansión de la libertad, la garantía del bienestar, el incremento de la protección sanitaria son todos conceptos que requieren recurrir a conceptos normativos presentes en las humanidades, en este caso particular en la ética y la filosofía.

Si las humanidades, como lo evidencia toda la tradición disciplinar, son capaces de proveer este tipo de respuestas, tal vez a la hora de preguntarnos por los fines de la técnica tengamos que apelar a su contribución para establecer por ejemplo, si el diagnóstico genético pre-implantacional debe estar orientado a evitar potenciales enfermedades o a elegir a nuestros hijos como parte de un catálogo de una tienda de ropa. La técnica, ya lo dije, nada nos dice al respecto, pero sí la ética.

Esta clara complementariedad de humanidades y técnicas orientadas a realizar y expandir la libertad real de los ciudadanos también relativiza la primera consecuencia indicada, ya que las humanidades no solamente no son un obstáculo para la técnica, sino que son su mejor aliado.

A su vez, esta colaboración desde las humanidades para la elección de los mejores fines de ninguna manera bloquea el desarrollo, sino que lo coloca en su mejor perspectiva. Esto puede ilustrarse a través de la decisión de la sociedad alemana de cerrar todas sus centrales nucleares y pasar a otro tipo de matriz energética. En esta decisión, los insumos que pueden tomarse desde las humanidades han influido; seguramente la experiencia histórica y la evaluación filosófica de los riesgos que ha significado la técnica han sido contribuciones que han llevado a la ciudadanía alemana a construir una sólida conciencia pública sobre tales riesgos. Sin embargo, a nadie se le puede sensatamente ocurrir que esto conducirá a Alemania al subdesarrollo, sino todo lo contrario, establece nuevos parámetros de cómo la técnica puede ser utilizada, potenciada o relegada teniendo el objetivo del desarrollo como expansión de la libertad real, libertad entendida como capacidad efectiva para deliberar y decidir sobre nuestros propios destinos.

Creo que lo dicho hasta el momento conduce a la ruptura de la dicotomía humanidades-técnica, y en ello coincido con los colegas que han participado en este intercambio. También tengo la sensación de que las humanidades tal cual se enseñan en nuestra enseñanza secundaria son suficientes para la adecuada formación de un ciudadano. Sin embargo, es muy claro que la imagen que la ciudadanía tiene de las humanidades dista mucho de esa interacción o trabajo conjunto con la técnica y la ciencia como horizonte a alcanzar. Tal vez sería muy saludable comenzar a construir una conciencia pública que remueva ese sentido común positivista del que hablaba y que establezca la necesaria división del trabajo y complementación entre estos distintos campos del saber. Sería una enorme negligencia que nuestra sociedad, que invierte millones de pesos en la formación e investigación en humanidades, no fuese capaz de aprovechar y potenciar ese conocimiento. En eso estamos un poco atrás de otros países, y tal vez éste sea un fuerte indicador de subdesarrollo.

Gustavo Pereira
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Udelar

1 Martha Nussbaum, actual premio Príncipe de Asturias, dedica una parte importante de su producción a contrarrestar esa tendencia y defender las humanidades.

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