LA PRESENCIA DE INDÍGENAS MISIONEROS EN TERRITORIO URUGUAYO

 

La presencia de indígenas guaraní parlantes procedentes de los pueblos misioneros Jesuitas en territorio uruguayo se da desde los inicios de la fundación de las Misiones en los actuales territorios de Brasil Argentina y Paraguay. La riqueza ganadera no explotada y la tardía colonización masiva de la región platense hacen que la Cía. de Jesús transforme estos territorios en áreas de vaquería y extienda el espacio económico de algunos pueblos misioneros como Yapeyú y San Miguel, convirtiendo en territorio de estancia toda el área norte al río Negro y de explotación de ganado cerril el área al Sur de este río, sobre todo el área Sureste: la “vaquería del mar”. Esto implicó movimientos y traslados de indígenas misioneros, tanto en forma temporaria (vaquerías) como semipermanente: capillas y puestos de estancias, trayendo aparejada en forma colateral, la instalación de grupos de individuos para el arreo del ganado o de individuos aislados que desertaban de la vida misionera.

            Por otra parte, en forma paralela  la Compañía de Jesús poseía bienes temporales adscriptos a su propio beneficio.  Entre ellos la propiedad mediante la compra, de extensos territorios para instalación de estancias cuyas estructuras arquitectónicas llevan su sello tipológico y van a tener como una de sus principales funciones económicas la elaboración de cal, además de la cría de ganado y agricultura. Esto sucede en el segundo tercio del siglo XVIII, con las denominadas Estancia de las Vacas (Calera de las Huérfanas) en el Depto. de Colonia y la Estancia de Ntra. Sra. De los Desamparados en el Depto. de Florida.

            Existen otras instancias de traslado de indígenas misioneros que terminan con su afincamiento parcial y por lo tanto su aporte genético a nuestra población rural. Ellos son la construcción de los edificios y defensas militares de Montevideo y Maldonado, la construcción fundacional de pueblos como Minas, entre otros. Esta presencia guaraní-misionera en territorio Oriental se da a lo largo de  la administración Jesuita de las Misiones, y continúa posteriormente a la expulsión de la Cía. De Jesús en 1768, cuando el sistema económico-político jesuita entra en franca decadencia y proceso de cambio en manos de administradores civiles.

            En este último período, el episodio bélico protagonizado por el Gral. Rivera ocupando y tomando los Siete Pueblos Orientales en 1828, va a generar nuevamente movimientos de indígenas, dando lugar a una inmigración masiva de misioneros a nuestro territorio, portadores de la ya muy desdibujada herencia misionera jesuítica y de un número importante de elementos materiales, vinculados fundamentalmente con el culto de la religión católica, que van a dejar su huella al permanecer en nuestro territorio. Causa directa de este movimiento producido y dirigido militar y políticamente por el Gral. Rivera, va a ser la fundación de la Colonia Santa Rosa del Cuareim -actual ciudad de Bella Unión (1828)- y posteriormente otros pueblos, entre los cuales se encuentran San Francisco de Borja del Yí (1833-1862) y San Servando (1833-1853)

            La instalación  de indígenas provenientes de las Misiones Jesuíticas en territorio oriental se inicia con las primeras explotaciones ganaderas de la región en el siglo XVII.  Según algunos historiadores (González Rissotto y Rodríguez, 1990, 1991)  esta inmigración guaraní-misionera se ha producido de acuerdo a tres modalidades.  En primer lugar, escapes de individuos aislados o pequeños grupos, relacionados con las diferentes actividades generadas por la explotación de ganado durante los siglos XVII y XVIII.  En segundo lugar,  los traslados masivos de indígenas  efectuados para ser utilizados en tareas civiles y militares, ocupando parte del siglo XVII y casi todo el XVIII. (González Risotto y Rodríguez, 1990)  Por último,  ya finalizando el siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX,  asentamientos masivos producidos por el abandono voluntario de otros lugares de ocupación. (Cabrera y Curbelo, 1988) Dentro de las características de estos últimos se incluye la numerosa masa de individuos que se traslada con el General Rivera desde las Misiones en 1828-29.

            La llegada de un número importante de familias de origen misionero a nuestro territorio en 1829 y la fundación de poblados con ellos representa una etapa terminal, vinculada con el nucleamiento de indígenas misioneros fuera del entorno que aún perduraba de los pueblos misioneros, a mediados del siglo XIX. Es el resumen final de la historia de un grupo humano que, poseedor de pautas culturales propias (precoloniales), es absorbido por un grupo social del sistema colonial europeo, viendo modificar su lengua, sus estructuras sociales y políticas, sus pautas de subsistencia y su religión, bajo la rígida organización de los padres de la Cía. De Jesús. Cuando estas modificaciones, a la postre de doscientos años de ejecución, funcionaban más o menos sistemáticamente, cambia la situación, los Jesuitas son expulsados de América y sin haber realizado cambios culturales sustanciales para su autonomía en los indígenas misioneros, se pierde el motor organizador que es el fundamento ideológico y ejecutivo del funcionamiento de las Misiones Jesuíticas y los indígenas quedan más desprotegidos que antes: sin inserción real en el mundo colonial fuera de las Misiones y sin poder organizarse económicamente para autosustentarse, quedan a merced del primero, con la estructura témporo-espacial misionera. Los pueblos de Misiones pasan por diferentes administraciones, y la dinámica cultural de sus habitantes modifica pautas socioculturales pero mantiene otras a nivel socio-político e intenta readaptarse a los nuevos requerimientos de la sociedad criolla, emancipándose de los lazos coloniales para pasar a la organización de los estados nacionales. San Francisco de Borja del Yí, y otros pueblos fundados con indígenas misioneros son ejemplo de esta última situación, fundamentalmente del fracaso, impuesto por la sociedad nacional dominante, de la inserción y aceptación de estos “otros” y del triunfo de la marginalización y el sojuzgamiento de los indígenas misioneros para finalmente sumergirlos en su atomización social en la dispersión como peones rurales o como desocupados en nuestra campaña fundamentalmente.

            Las características socioculturales de esta población, recuperadas a partir de la documentación escrita y desde el registro arqueológico, nos permiten conocer detalles de los comportamientos de cambio y permanencia de estructuras, coherencia étnica, organización social, preferencias dietarias y organización del espacio ocupado, que conforman un corpus de conocimiento muy importante para conocer qué sucedía con los indígenas misioneros en el siglo XIX, cuando aún mantenían elementos de coherencia y reproducción social como grupo étnico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAGINA PRINCIPAL